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 Nuestra Historia | La Revolución de 1934 (Davinia García Sanchez)

La Revolución de 1934 (Davinia García Sanchez)

Asturias no tuvo más nombre que este, pues antes de ser llamada así, no fue llamada de ningún modo Por él, sus ribereños fueron llamados astures y su capital Astúrica Augusta.Un territorio que, fue llamado a veces LA TIERRA DE LAS ASTURIAS

En estas fechas, el sindicalismo socialista ejercía de interlocutor social fundamental y se erigía como mediador privilegiado en unos conflictos tutelados por un gobierno en el que estaban involucrados. Esto nos explica el crecimiento numérico del SOMA( Sindicato de Obreros Mineros de Asturias).

Este Sindicato Minero ocupaba el eje central de la actividad reivindicativa, agudizándose a partir de 1933 la radicalización de sus bases, azuzada anarquistas y comunistas, y apoyada por el diario socialista "Avance" desde que Javier Bueno asumiese su dirección.

Creció espectacularmente el número y duración de las huelgas, que en 1933 suponían en pérdidas casi cinco millones y medio de pesetas. Las tensiones sociales puestas en evidencia en 1933, cuando Asturias se convirtió en la región más conflictiva del Estado, tanto a tenor del número de huelgas, como en la cantidad de obreros movilizados, se vieron confirmadas al año siguiente en el que la sma de huelgas declaradas superaba nuevamente a la de cualquier otra zona del Estado. Para entonces la agudización de los efectos de la crisis económica, con su secuela de cierres de explotaciones, reducciones de plantillas o crecimiento del paro, confirmaba el descrédito de la moderación sindical practicada por el SOMA, táctica que se había mostrado incapaz de preservar las conquistas del movimiento obrero. En este contexto se deben entender las tendencias a una afiliación sindical masiva detectadas entre la población trabajadora asturiana. En vísperas del estallido insurreccional de 1934 el porcentaje de afiliación sindical superaba el 70% del cual en 60% correspondía a la UGT, más de un 30% a la CNT y un porcentaje mínimo a la CGTU y a la sindicación católica.

La victoria de la coalición establecida entre Acción Popular y el Partido Liberal-Demócrata en las elecciones a Cortes de 1933, fomentó una mayor crispación de los sectores socialistas. Aquellos comicios habían significado para las derechas la captación de 13 de los 17 escaños en liza, pese a haber obtenido tan sólo el 45% de los votos, gracias a un sistema electoral que privilegiaba a las mayorías. La campaña electoral precedente a las votaciones, junto con la exhibición por parte de la derecha asturiana de un aparato propagandístico impresionante, sirvió también para hacer explícitas alusiones a la posible llegada a España del fascismo, circunstancias estas últimas, que no dejaron de alarmar a la militancia socialista.

A los recelos acumulados ante las simpatías fascistizantes de los dirigentes regionales de la CEDA o del propio Gil Robles, y al desengaño de la participación socialista en el gobierno republicano del primer bienio, se sumaba la propia radicalización del proletariado regional, que alcanzó el punto necesario para superar las rivalidades sindicales que habían venido dominando en el movimiento obrero asturiano, hasta desembocar en tácticas netamente unitarias. La evolución en este sentido de las organizaciones socialistas se vio favorecida por los procesos registrados en similar dirección dentro de un anarquismo ideológicamente próximo al treintismo. De este modo, cuando en marzo de 1934 se establece el Pacto de la Alianza Obrera, los efectivos anarcosindicalistas asturianos, desoyendo los acuerdos nacionales de la CNT, constituirán parte integrante del mismo. De esta manera el pacto quedaría definitivamente configurado en Asturias con la participación de las fuerzas socialistas, los sectores anarcosindicalistas, los reducidos efectivos del Bloque Obrero y Campesino y de la Izquierda Comunista y, por último, y en el mes de septiembre, con el inesperado ingreso en la Alianza Obrera de un Partido Comunista que, hasta entonces, se había venido distinguiendo por entregarse a una sistemática campaña de descrédito de los socialistas.

La entrada de Gil Robles en el gobierno presidido por Lerroux iba a constituir la señal para el inicio de una sublevación que alcanzó en Asturias su máximo desarrollo bajo la forma de un movimiento insurreccional que se extendió entre el 5 y el 18 de Octubre. Los sucesos revolucionarios de Octubre del 34 alcanzaron una enorme resonancia, convirtiéndose en el exponente del alto nivel de combatividad y consciencia de la clase obrera regional. En efecto, la insurrección estallaba en un momento en el que comenzaban a apreciarse los primeros síntomas de una todavía tímida recuperación económica; los prolongados y profundos niveles de crisis económica daban un malestar creciente, pero no podían erigirse en desencadenante inmediato de la explosión revolucionaria. El Octubre asturiano se presentaba como un movimiento político, concebido como un cambio revolucionario del modelo de sociedad vigente al margen de las diferentes concepciones de la nueva sociedad sin clases que postulaban socialistas, anarquistas o comunistas. El estallido fue meticulosamente organizado. Los comités locales de la Alianza Obrera se habían ido constituyendo con criterios tales que la representación proporcional no entraba en contradicción con la presencia unitaria de las distintas tendencias del movimiento obrero.

Los comités se habían ido armando en los meses anteriores por procedimientos diversos y no pocas veces truculentos o accidentados. Las Juventudes Socialistas figuraban en la vanguardia de los preparativos, y habían recurrido al entrenamiento militar en zonas montañosas de la región. Los momentos iniciales de la insurrección estuvieron marcados por la capacidad de iniciativa de los revolucionarios. Una vez neutralizados los cuarteles de la Guardia Civil, se dominó de un modo efectivo el tercio central de la región, donde se acumulaba el grueso de la población y en donde se concentraban las principales industrias y servicios del territorio. Pero después de asegurarse el control de la situación en el resto del Estado, el gobierno iba a volcar en el Norte efectivos militares como las tropas de Regulares y las de la Legión Extranjera, hecho que posibilitaría en el plazo de una semana la rendición al general López Ochoa de los rebeldes que, tras retirarse de Oviedo, todavía permanecían en las cuencas mineras. Había imperado entre los insurrectos un orden y una disciplina notables. Durante dos semanas la capacidad de gestión de que dio muestras el proletariado se puso de manifiesto en la creación de distintos comités responsabilizados de sectores como la "Información Revolucionaria", "La Gestión Industrial", "Los Transportes" o el "Orden Público" y la "Sanidad". Fueron esos comités quienes adoptaron medidas que iban desde la abolición de la propiedad privada y la supresión de la moneda- sustituida por un sistema de vales- hasta la rápida reconversión de algunas industrias regionales, que pasaron a fabricar camiones blindados e incluso hasta doce modelos distintos de bombas.

La derrota del movimiento significaba el inicio de una prolongada e intensa represión sobre los sectores más combativos de la clase trabajadora. Una vez acallada la prensa de la izquierda mediante una rigurosa censura sobre los acontecimientos de Octubre, se desató una airada campaña destinada a ofrecer una particular e interesada versión de las "atrocidades rojas" y a exigir un castigo ejemplar de los insurrectos.

De las 1100 bajas ocasionadas por los sucesos asturianos sólo 43 se habían producido al margen de los combates, incluyéndose a esta cifra 33 religiosos, muertos en su mayoría a manos de incontrolados. No obstante, las exigencias de mano dura se iban a cumplir de modo bien notorio; las torturas, los saqueos, el nº de "desaparecidos" o de "suicidios" en las cárceles se incrementaron desde entonces; a fines de año se calculaban en 18000 el nº de detenidos alcanzando la represión niveles siniestros. La revolución había dejado un evidente rastro de destrucciones en el caserío de la capital ovetense, localidad que los insurrectos no lograron controlar en su totalidad, y en donde se localizaron los escenarios de unos enfrentamientos de singular dureza. Muchos edificios quedaron arrasados( la Universidad con su magnífica biblioteca, el teatro Campoamor, la Cámara Santa de la catedral,...). También fueron importantes las pérdidas ocasionadas por incautaciones y saqueos. Tras esos episodios la regularización de los abastecimientos a la capital sólo fue posible arbitrando créditos, indemnizaciones y moratorias en el pago de los débitos por suministros. Antes de finalizar el año el Consejo de Ministros se veía obligado a crear una Junta de Socorro para regularizar los necesarios auxilios asistenciales y económicos, y tiempo después se concederían una serie de créditos especiales, de hasta 70 millones de pesetas, con similar destino.

El episodio insurreccional había desgarrado profundamente la sociedad asturiana.



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